La ascensión al firmamento estelar de la música electrónica y de vanguardia del siglo XXI del club DC10 se ha cocido a fuego lento, poco a poco y año tras año, luchando contra avatares lejanos a la escena de la música y en otros parámetros. El tesón, el esfuerzo y la dosis de locura necesaria, extravagancia, cosmopolitismo natural, hedonismo y pasión colectiva por la música y el baile han hecho el gran milagro. El club se ha convertido en un referente mundial, no solo para la música, sino para los propios artistas, dj, personajes y figuras de la moda y el espectáculo que, de forma anónima, acuden a su circo experimental.

A menudo los grandes clubs de música electrónica tienen un origen parecido al de las start-up: empiezan en un garaje, o algo parecido, y bajo la fuerza de un instinto de innovación o provocación. Desde que los hermanos Lara abrieron un modesto bar bautizado como DC10 hace más de dos décadas, la leyenda solo ha hecho que crecer. Años después de aquel pequeño bar, desembarcaría Circoloco, sin duda su fiesta mas emblemática- aunque no la única: el Paradise de Jamie Jones fue subiendo escaños. El Circo de los lunes se ha convertido en un símbolo de la cultura musical contemporánea. El mismo día en que la mayoría de mortales se enfrentan resignados a su primera jornada de trabajo semanal en oficinas de medio mundo, en un punto de la isla de Eivissa, bajo el rugido ocasional de los aviones, un milagro musical se repite incansable.

CIRCO 1 1 - DC10: Este circo no está tan loco

Como todo el mundo sabe, el local lo ha conocido todo: excesos, multas imposibles de pagar, periodos de cierre, reaperturas gloriosas etc., pero se ha mantenido vivo gracias al entusiasmo de centenares de miles de fans de la mejor música electrónica de vanguardia. DC10 hace la diferencia, no existe nada igual. Aquí los artistas se curten, son encumbrados a la fama, experimentan los ciclos del cielo y del infierno de la celebridad, se van a otros clubs, pero vuelven para reinventarse y despuntar de nuevo.

Premio Internacional

La lista de la International Nightlife Association, que premia a los mejores clubs de todo el mundo, situó el año pasado a DC10 en el sexto lugar (5 clubs ibicencos se encontraban entre los 10 primeros puestos). A juzgar por su line-up y por sus imposibles llenazos, es como si en la temporada de 2019, DC10 se hubiera auto-proclamado, él mismo, el mejor en su género. Una amalgama casi infinita de micro-estilos se da cita cada lunes, dejando boquiabierto desde el minuto uno a quien cruza a su jardín del edén. A los Seth Troxler o los Martinez Brothers, se suman monstruos como Carl Craig, Guy Gerber, Mathias Tanvzmann, y estrellas tan diversas como las declinantes/re-emergentes Tania Vulcano, Maya Jane Coles, o Luciano, o un sorprendente Acid Mondays, por citar solo algunos. Y es que, desde que hace un par de temporadas Madonna se dejara ver por el club, todo es posible. Nada sería más lógico que ver aparecer un día a Lady Gaga, o a otra figura de esa talla, para espiar qué se cuece por allí.

Tránsito de artista

Una vez llegado al punto del merchandising y las camisetas del payaso loco, muchos se habían preguntado si esto tiene realmente futuro o será engullido por el mainstream EDM o por la estética impoluta de los grandes emporios beach-clubs ibicencos. Pues bien: ante este desafío, el club responde este año con mucho más exceso, si cabe, concentrando en un club la mayor cantidad de talento por metro cuadrado del mundo, en lo que a electrónica se refiere. En la escena del clubbing ibicenco, hace mucho que los diques se han roto y los artistas transitan con más facilidad entre unos clubs y otros.
Esa especie de tolerancia podría beneficiar al club, porque posiblemente incrementará su influencia sobre el resto, como un recordatorio de que hay que innovar, disfrutar y no tomarse demasiado en serio nunca. El club de ses Salines se ha propuesto hacer de perfecto contrapunto al resto, con su punto provocador e inconformista, al mismo tiempo irradiador e imán de tendencias y de artistas.

Techno purista y minimalista

La fórmula invencible de esta coca-cola es el equilibrio entre locura y rigor, desenfreno y abrumadora calidad musical. Desde que la icónica Space sufragara, como un transatlántico en aguas de Playa d’en Bossa, nadie ha sido capaz de tomar el relevo como principal e indiscutido mega-club mainstream de la isla. En cierto modo, DC10 está logrando eso mismo, solo que en la peculiar liga underground: convirtiéndose en una referencia a escala global, desde Miami o Las Vegas a Tokio, pasando por Buenos Aires, Berlín, o Praga.
Pero, antes que eso, DC10 demuestra que es capaz de hablar de tú a tú al resto de titanes de la escena electrónica ibicenca –Pacha, Amnesia, Hï, Ushuaïa– y de ser capaz de transformar y asimilarlo todo: el techno purista, el nuevo mínimal, los sonidos tribales, el tech-house de siempre, el vintage disco, y quién sabe si el electro latino.
El gran circo del hedonismo musical no está nada loco, y va a seguir dando guerra, a la manera de un ‘gran laboratorio’ de la música electrónica, como un extraña religión, como un capricho junto al espejo de ses Salines.